Ferocitas es un viaje de muchos años a través de los canales que comunican al alma con el cuerpo y viceversa, son canales invisibles pero se sienten a cada momento.
Un poco de historia. Comencé la serie hacia 1999, a horas perdidas. Compré entonces unos pliegos grandes de papel de algodón, renové mi caja de acuarelas, busqué pinceles de pelo de marta y luego de acrílico (últimamente no son nada malos), y de a poco fue apareciendo un ambiente, un modo de hacer. A veces trabajaba aperrado, durante meses, produciendo dos o tres o seis o más piezas al día, luego era preciso deshacerse de muchas, o volver a pintarlas. O también, absorto en cosas distintas o en un ánimo lejano a la acuarela, los papeles y las pinturas quedaban por ahí meses o incluso semestres, para después retomarlo todo de nuevo, con otro entusiasmo, con la cabeza siempre un poco virada hacia cualquier lado.
Finalmente la serie consta de más de cien piezas seleccionadas, probadas, nunca puedo decir con exactitud cuántas porque voy poniendo y sacando. Son formatos pequeños o medianos.
No soy un pintor de verdad como lo han sido Nelson Leiva o Adolfo Couve o Pablo Burchard, a quienes abrazo, sino apenas un evocador de imágenes. He sufrido mucho por eso, durante años, el que mi mirada no sea del todo estética sino siempre ligada a los significados, a la cosa que represento. Oh Dios existente o inexistente dime…. ¿por qué no soy un verdadero pintor? Lo único que puedo aspirar a estas alturas es a ser yo mismo.
Recuerdo haber visto hace años un Cezánne auténtico en Chile, un joven sentado con camisa, muy largo uno de los brazos, y no sé si estaban en aquella sala Couve o Skármeta, el caso es que entendí en ese momento la gracia incomparable de Cezánne y de los pintores que son realmente pintores, para los que cada trocito de la tela es un mundo. Hay otra versión, la ví en Sao Paulo, en un museo muy feo que quedaba en un edificio como de oficinas. Ahí estaba la ausencia de énfasis, que le llama Borges, o quizá ese instante entre dos momentos que representa tan bien Velázquez.
A Velázquez lo voy a ver de vez en cuando al Museo del Prado, y siempre caigo muerto ante sus negros, sus azules verdosos, sus tierras, que al acercarse uno a las figuras parecen deshacerse en la nada. Velázquez es un señor, porque aparte de la sutileza domina el formato monumental. Pero eso es pintura, ya lo he dicho, y yo soy un eventual, un periférico, siempre así, en los exteriores, dando tumbos, lejos de los gremios, perdido mientras cae la tarde con sus amenazas, avergonzado, mal vestido, ohhhh, ufff. Mis acuarelas arrancan quizá de la admiración rendida que de joven tuve por Klee, o por el menos conocido August Macke. Klee era como un asteroide brillante que se me apareció de repente, y desde entonces para mí fue imposible conciliar el sueño sin que se metiera él en la cama, dormíamos juntos, abrazados, yo en llamas por todos lados, ensangrentado y feliz. Macke, alemán, murió joven pero antes de irse nos dejó unas acuarelas luminosas pintadas en Marruecos, y llegué a él no por la vía de la escuela de Bellas Artes a la que debo tanto, sino por un seminarista alemán, Heiner, que nos acompañó en un campamento scout, él era joven aunque unos diez años mayor que nosotros, con una melena rubia, cantaba a capella un Magnificat de un modo que se me estremecía el alma mientras miraba yo su piel tensa, me recomendaba a Macke y en un momento del paseo mató a un perro a palos. Yo no seguí con los scouts, él tampoco con el seminario, y no lo volví a ver pero me quedé con Macke.
La acuarela no se pinta concienzudamente como puede ocurrir con el óleo, sino que se prepara el color, muy aguado, como un jugo, se posan después los goterones sobre el papel y se va conduciendo aquello en diversas direcciones a medida que penetra en la fibra, con suavidad, alegremente, como una invasión, abandonándose uno a las sorpresas, a las absorciones, a los avances y retrocesos del pigmento flotante en el agua. Por eso es relevante la calidad del papel. Me entiendo muy bien con el papel Guarro (español) y con el Fabriano (italiano), mientras más caros mejor, porque son hechos a mano y con cien por ciento de algodón, con una textura rugosa, irregular y un reborde con barba. A medio secar es posible aún intervenir un poco, aunque con mucho cuidado, y a esas alturas también podemos secar con el pincel, o anular (nunca del todo) lo pintado con toalla absorvente. Una vez seco el papel se aplica una segunda capa para dar profundidades y matices, luego más, y de a poco comienzan a emerger suavemente la forma, el color, los matices, el ambiente, los detalles… entonces es cuando sabe uno si se va a salvar o no, hay que estar en todo momento dispuesto a abandonar y tirar lo hecho porque las acuarelas recocidas no tienen salvación. Al final se retoca aquí y allá con un poco de gouache opaco si hace falta, son detallitos.
Para mí el color se basa en la colaboración o guerra entre los azules y las tierras, o sea entre lo frío y lo cálido, y luego vienen los destellos de color más vivo, o alguna sombra negruzca. Siempre debe dejarse luz en cada capa de color.
Pero antes de poner el color está el dibujo a lápiz, muy suave, y últimamente lo he dejado ser menos preciso, menos cerrado, lo que importa al final es la impresión, el aire del conjunto. No quita eso que quiera ser poco estricto con la forma, a veces me guío por fotos o pinturas, otras voy de memoria, quiero que la mano, el escorzo, la cadera, los labios, los pechos, etc., estén bien resueltos, no de modo realista sino con conocimiento anatómico. Nada peor que una mano blanda como guante, por ejemplo. En unos cuadernos o libretas voy anotando apuntes con ideas para después pintarlas, aunque miento al decir que son ideas porque las ideas no tienen forma y lo que hago en los cuadernos es un dibujar sin rumbo, sin intención, sin pensar nada, y de pronto hay algo que se puede aprovechar. Mis dibujos me salen lo que se llama en arte “inteligentes”, que contra lo que pudiera pensarse no es algo bueno. La inteligencia mata muchas cosas. Picasso dijo una vez que él no había cultivado su inteligencia para no arruinarse como artista, y yo he hecho al contrario que él. O sea que mis dibujos son una ruina artística, pero igual me gustan, me hacen falta, y trato de darles una dimensión estética en base a aguadas. La acuarela es suave, y por eso le conviene, creo yo, a los dibujos un poco rudos.
Dibujo sobre todo el cuerpo humano, y más el cuerpo que conozco mejor, o sea el mío, el masculino, aunque las mujeres siempre están presentes porque la verdad es que saben más del cuerpo que nosotros, y sólo en ellas se cierra el círculo, son como la luna, como la esfera, como la cama, ellas traen la tibieza y el aroma, esa confusión del ser.
El cuerpo joven es siempre hermoso, aunque se nos oculte. Pienso que las manos, los genitales, la boca, los ojos deben dibujarse de mayor tamaño porque son más importantes. Me confunde que estemos pensando en lo que nos importa, por ejemplo el falo, es un hecho que con él tenemos los hombres una relación especial, y sin embargo en la vida cotidiana aquello no existe, si uno es bien educado debe arreglárselas para que no se note. Pasa también con la muerte, que por cuestión de modales siempre se deja para después aunque revolotee ella por los relojes, al caer la noche, al levantarse el alba, o cuando nadie nos llama y nos envuelve el silencio…. cada cambio es un pasito hacia la nada final. También están las vísceras, las secreciones, todo aquello que brota desde dentro, de lo que se ocupan sólo los médicos con sus métodos científicos y en el fondo sin tener idea de qué pueda ser realmente es la vida… La sangre, en cambio, aparece mucho en las películas.
Entendiendo por alma el anima de los latinos y por cuerpo el soma de los griegos, si es que no me equivoco, que en la lectura de los clásicos cada cual encuentra lo que quiere encontrar, o lo que puede. Cicerón se refiere a la ferocitas como una condición de los jóvenes, opuesta a la pueritas de los niños o a la gravitas de los ancianos.
Estas acuarelas las he hecho habitualmente de rodillas, sangrando, o elevado por los aires y llena la cabeza de aire blando, nunca de modo sensato, y al caer a tierra muchas veces pierdo la conciencia, no me acuerdo de nada.
Las pinturas, una vez terminadas, van cada una con su marco, y cada marco con su pintura, se trata de una relación meditada. Desde hace años voy de vez en cuando al mercado persa de Bío-Bío, o al Parque de los Reyes con Brasil, y vagabundeando por entre las cosas usadas, en esa periferia, en el subsuelo urbano podríamos decir, me hago de algunos marcos antiguos en cada paseo. He llegado a formar una colección, aunque es un poco penosa, las molduras están casi siempe resquebrajadas o saltadas, las esquinas no ajustan… es eso lo que me atrae. Son marcos con historia, como de casa de campo o de familia apenas próspera. Imagino los años que habrán pasado en alguna pared, mientras se desarrollaban allí quizás qué dramas o aburrimientos.
Cualquier pintura de esta serie es en verdad muchas pinturas, en todas ellas se cruzan historias o mitos o apariciones poco definidas que emergen de la siesta o de alguna esquina del día. No hay significados precisos, nada de eso, son más bien atmósferas o episodios. Tengo dudas sobre su belleza, pero son parte mía, no las voy a desconocer. Igual me abochornan, las observo a veces como asunto familiar y a veces como una sustancia extraña, pero finalmente necesito de los demás, quién no. Somos parte del misterioso tejido humano. Así es que aquí está lo hecho, para quienes quieran mirarlo, así podré enterrar o disolver todo esto, decirle adiós.
Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, fines de 2009.

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Realmente es un agrado poder leer un articulo que a uno lo toma por completo.Ameno, inteligente y por que no decirlo, profundo. Debo decir que al comenzar la lectura me encontraba agotado pero, la fluidez de lo leido fue mayor….Nada + que, gracias.
20/01/2010 @ 9:10 pm
love you díaz lascevena
20/01/2010 @ 9:46 pm
Ayer domingo viajé al Museo para conocer la muestra. Realmente felicitaciones por el proceso y las imágenes terminadas. Es cierto que la sala Chile es dramática, es Salón Chile, claro. Noté también lo pertinaz de la altura y distribución de los grupos de cuadros, para evitar verse reflejado uno sobre los cristales de los trabajos. Después de leer el artículo acerca de experimentar la recepción de lo que expones, estoy convencido que será necesario crear un ruta incipiente de visitas a talleres y estudios, con invitados o pequeños grupos para ver y hablar, y esos invitados debieran llegar cada uno con viandas de cosas o delicatesen para servir y ser servido ( con previa lista publicada y sugerida para evitar chascarros o siutiquerías). Creo que eso abriría un espacio altamente especulativo, directo, y sin la unción destacable o indiferente de la crítica pública.
Las acuarelas son objetos totalmente preciados y las piezas escultóricas simplemente una joya.
El blog es honesto sobre todo, y casi mas importante al final que el sentido del humor, es la amplia necesidad del divertimento que colinda con el deseo. ferocitas. Disculpa la extensión pero creo que necesito un blog. saludos.
08/02/2010 @ 4:00 pm