FEROCITAS, DE TEJEDA
Carlos Pérez Villalobos
Únicamente lo inconfesable exige confesión. ¿Se puede ilustrar lo inconfesable? ¿Qué deseo se realiza en la exhibición de ese deseo de confesarse? Semejantes preguntas (que suenan anacrónicas en medio de la actual edad pornográfica del mundo) se le suscitan a uno a propósito de esta serie de acuarelas de Guillermo Tejeda. Por ilustrativas y confesionales –eso me parecen- no responden a lo que tradicionalmente se entendió bajo la vocación, más bien inofensiva, de ese medio: la acuarela es asociable a un determinado tiempo histórico, al creativo de día domingo, a la dama que cultiva su jardín y, antaño, era costumbre que médicos y jueces distrajeran su ocio pintando acuarelas (Winston Churchill, caso ilustre, lo hacía). La acuarela es intimista y tiene el carácter de labor privada, no profesional.
.Las acuarelas de Tejeda no quieren pertenecer, desde luego, a ese ejercicio convencional del género –de cultivo por lo regular amateur- dedicado al paisajismo y a la composición cromática. Tejeda es un ilustrador que recurre al medio de la acuarela para colorear sus ilustraciones. De tradición notoriamente expresionista (del tipo Der Blaue Reiter, por decir algo), el protagonista principal de éstas son las fantasías de una subjetividad adolescente, absorta –con perplejidad ilimitada- en su propia sexualidad, a saber, la genitalidad como objeto de asombro, pasmo o angustia, bajo amenaza de castración. La naturaleza descriptiva e intimista de las imágenes –asociable, como en la poesía lírica, a un “yo” de índole humoral- es acentuada por los títulos respectivos: “Disfraz”, “Insomnio”, “Oreja llameante”, “Les doy lo mejor que tengo”, “Ojo sangrante”, “Smoking woman”, “Sirena”, “Derrame”, “Corazón ardiente”, etc., etc., que, como se puede adivinar, fueron decididos a la vista del resultado y no hacen otra cosa que redundar en lo denotado. De ahí que insistamos en hablar de ilustraciones.
Salta a la vista, por otra parte, la ligereza acuosa de éstas en oposición a la gravedad de los marcos viejos que las enmarcan y cuya elección pone de manifiesto la distancia entre la intimidad del ejercicio y la marca pública e inactual de su exhibición: es como si, para autorizar irónicamente ante la autoridad lo que ésta presuntamente desautoriza, se quisiera proveer de marco (antiguo) la acción transgresora por la cual, vaya uno a saber por qué, se desea ser reconocido. ¿Qué ilustra Tejeda?
.Dentro del actual contexto tecno-mediático (usuario del cual es Tejeda todo el resto de las horas no consagradas a la acuarela), cuyo atributo consabido es, precisamente, el estado de visibilidad generalizada, es decir, la ausencia de secreto o, a lo más, el secreto como secreción espectacular, Tejeda dedica su pequeña técnica (como diría Diderot) a ilustrar el pequeño secreto. Se trata de las fantasías recurrentes en quien la actividad sexual quedó bajo la amenaza del castigo (temor a la castración). Del tipo que se obligara a confesar el joven pajero (que todos somos) cuya infancia y adolescencia estuviera marcada por una formación católica de moral fuertemente represiva. Las ilustraciones expresivas de Tejeda, ausentes de pathos expresionista, describen la figura y acción recurrente desde una distancia irónica que, no obstante, no le hacen perder candor e intensidad. Es el talante ligeramente confesional, privado, adolescente, y su humor un poco pueril lo que, a mi parecer, hace que la sinceridad sea el signo propuesto por la serie.
El autor quiere exhibir su exhibicionismo. Pero su exhibicionismo hoy, cuando proliferan los dispositivos de exposición y socialización de la intimidad (blog, reality, etc.), tiene la levedad de una acuarela. El pudor comprometido es, diríamos, pre-mediático, tiene la edad freudiana –no menos de cien años- del expresionismo y de los viejos marcos recobrados. Aprontes, emergencias, estallidos de sexualidad incumplida y solitaria: el sujeto se contempla con una erección; se masturba frente al espejo, eyacula, defeca. Se quiere probar –a solas- que puede, que no cederá ante la angustia de pérdida, que actúa su deseo, mientras vive en la expectativa de que la amenaza fracase o se cumpla.
Las figuras femeninas, siempre con su genital (ausencia de pene) a la vista, son, antes que nada, espectáculo y pasiva fuente de pasmo. Es precisamente ese régimen adolescente –edípico, pulsional, amenazado- lo que impide que estas acuarelas comparezcan bajo el signo de lo obsceno y prime en ellas el humor y la sinceridad: hay exhibición, sí, pero en términos de confesión, es decir, la marca del pudor perdura en estas ilustradas fantasías. En la gráfica porno, en cambio, exhibición sin ce(n)sura, la genitalidad queda a la vista en su crudeza trivial, exenta de amenaza y corte. He ahí lo insoportable: que la genitalidad no sea otra cosa que eso, y no, como ocurre aquí, aún bajo la marca de la represión, algo cuyo sentido padecemos, con horror o con gozo, con vergüenza o culpa, y que el expresionismo lírico de Tejeda –con insistencia histérica- quiere ilustrar, poner a la vista, confesar, a saber: el pasmo constante (de edad freudiana) respecto a la sexualidad como perpetuo estado de excepción.
Parece evidente el motivo general de todas las piezas: las acuarelas dejan adivinar las variaciones, desplazamientos, trasmutaciones, que la amenaza de castración puede adoptar y cuya recurrencia determina el destino sexual, la relación al otro, a lo Otro, es decir a la Ley. De ahí la insistencia en el corte y el cercenamiento: el pene erecto como arma o instrumento; la recurrencia al muñón de la mano cortada, al cuerpo decapitado, a la barra fecal; la analogía permanente entre eyaculación, chorro de sangre y expulsión excrementicia. (“El pene se reconoce como algo separable del cuerpo y entra en analogía con las heces, que fueron el primer fragmento del ser corporal al cual hubo que renunciar.” Freud). Se agrega la idea del amor como entrega del corazón que el sujeto se arranca del pecho y lo brinda (el desprendimiento del pene como regalo) y, también, la figuración del desborde creativo como chorro que sale de la cabeza. A su vez, el genital femenino queda, así abiertamente ofrecido, menos como objeto de deseo que como fuente angustiante de pérdida. Ese rudimentario universo de fantasías y sustituciones –que asocia presión con expresión; pulsión con expulsión; posición con deposición, etc.- se sincera a través de estas ilustraciones. Es como si Tejeda asistiera a las fantasías de un eterno adolescente (ya mítico) que no para de asombrarse de que se le para y conservara aún una experiencia enigmática de tales intensidades y afecciones.
.¿Qué deseo encuentra satisfacción, no en la realización de estas ilustraciones –eso es evidente-, sino en la decisión de exhibirlas públicamente? ¿Es el deseo de ser reconocido por la autoridad –del padre- bajo cuya amenaza se ha realizado la transgresión? “Transgresión –replica Deleuze, refiriéndose a Bataille- es un concepto bueno para seminaristas bajo la ley de un Papa o de un cura.” Me temo que el juicio vale también para los exhibicionismo verbales sesenteros, a lo Henry Miller. Nos confesamos ante alguien a quien le atribuimos autoridad y cada vez que lo hacemos –si lo hacemos- repetimos la escena arcaica –infantil- de estar ante el Padre, cuya prohibición marca nuestro deseo, y que convierte determinadas sensaciones y automatismos en afecciones indecibles o inconfesables. Pareciera que Tejeda, mostrando sus trabajos, sacándolos de la carpeta donde se fueron acumulando, dotándolos de marco autorizado, quisiera exponer públicamente ante el Tribunal del Arte lo que su trabajo creativo infringió en privado. Su pequeño secreto.

Posts