paño

El taxista es un compadre entre redondo y cuadrado, rojizo de cara, con una mata de pelo negro, y algo de sentido del humor. Hablamos un poco del tráfico, de su taxi que no es de él sino de un caballero que tiene 8 taxis, y al que él le dejó su Citroen por las vacaciones. No le tiene seguro al C., no le gustan los seguros y eso que tuvo que arreglarle la carrocería porque se la rayó entera una dama. A la cual él estaba abandonando sexualmente por otra, me dice sonriendo con cara de niño travieso, la nueva es más señora, tiene mejor posición -hace un gesto en el aire- aunque ahora ha decaído por culpa de las deudas, y él sigue amando a la rayadora de autos. Con ella tienen un hijo. De tal manera que vive ahora con la nueva, a la que respeta y admira, pero de preferir prefiere a la anterior, que sabe como darle el gusto, y se ven de tanto en tanto, ella lo sigue volviendo loco. Yo le miro la cara roja, sonriente, y él necesita explicarme su doble amor, sus salidas a los moteles, el cómo la anterior (se ven a escondidas y ella se lo hace difícil, debe reconquistarla cada vez, lo que a él le gusta) se demora en quitarse la ropa y jamás se queda del todo desnuda, eso es lo que él prefiere, qué cosa más rica, confiesa, etc. No sabe cómo arreglar su historia, y no sabe si quiere arreglarla, a lo mejor le gusta así… Yo sólo le escucho, o repito de vez en cuando alguna de sus palabras. Al darme el vuelto se tupe con las monedas, me dice que como anda enamorado tiene la cabeza medio rara, hasta luego le digo mirando que no se me haya caído nada de los bolsillos, chao, añado, y me dice chao.