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Los montajes son bonitos, variados, llenos de imprevistos, y permiten calibrar cercanías, amistades, fidelidades, así como distancias o incluso  hostilidades. Uno rehace sus listas de favoritos. Tienen aquello artesanal que me atrae, hace uno ejercicio. Además aparecen las personas que hacen funcionar el mundo, los electricistas, la gente del sonido, el que se trepa a los paneles, el que vende catálogos, los cuidadores, en fin, un enjambre de seres operativos. Normalmente visualizamos a los que mandan, pero desde los escritorios y computadores la vida es muy plana y la realidad es otra cosa. Pasé la mañana tiñendo piedrecitas, peleando con Movistar y pagando unos abonos absurdos ya que me habían suspendido el servicio “por hablar mucho”, pese a que tengo mis cuentas al día, un trámite farragoso. Lloré un poquito por teléfono con mi prima I ya que en la madrugada falleció la tía C: todo un trozo de mi vida que se disuelve. También fui reprendido por tercera vez por las autoridades del Museo debido al contenido de mis acuarelas, como si estuviera de nuevo en el Liceo Alemán yo allí en una silla con la cabeza baja. Dí el visto bueno para el sonido, finalicé el montaje de las esculturas (se ven muy bien), llevé los libros a la librería del Museo, tomé unos helados con EM, hablé varias veces por teléfono con MR, visité a la tía C muerta en su cama, de nuevo unas lágrimas abrazado por mi sobrina J., afortunadamente en esa familia hay siempre un ánimo abierto, sin dramas. Ahora, un rato de reposo.