belve

En el Hall de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes hay una copia del Apolo del Belvedere, que descubriera Winckelmann en el siglo XVIII en Roma. Aunque la versión romana carece de miembro viril, la nuestra -¡vamos, chilenos, que se puede!- sí lo tiene, pequeñito, como era uso en la estatuaria clásica, y además el manto está esculpido con un ahorro de pliegues, o sea simplificado. También es de menor tamaño que los dos metros 22 cms del original. Winckelmann describió al Apolo con un apasionamiento que puede calificarse de erótico: De eterna primavera; ese cuerpo, del cual ninguna vena interrumpe las formas, que no está agitado por ningún nervio, parece animado de un espíritu celeste, que circula como un vapor dulce en todos los contornos de esta figura admirable. Penetrado de la convicción de su potencia, y como abstraído en una alegría concentrada, su mirada augusta penetra el infinito a lo lejos, extendiéndose más allá de su victoria; pero en los rasgos del Apolo de Belvedere se encuentras las bellezas propias de todas las otras divinidades reunidas. Parecida a los tiernos sarmientos de la viña, su bella cabellera flota alrededor de su cabeza como estuviera suavemente agitada por el hálito de Zéfiro. Parece perfumada de la esencia de los dioses y se encuentra sujeta con una pompa encantadora en lo alto de su cabeza por la mano de las Gracias. Viendo esa maravilla del Arte, olvido todo el Universo. De la admiración paso al éxtasis; siento que mi corazón se dilata y eleva. Empiezo a estar preocupado por la exhibición de esta obra en el hall del Museo. ¿Y si pasa por ahí algún menor de edad? Quiero instar a las autoridades del MNBA a que sitúen al Apolo del Belvedere en un lugar recogido al que tengan acceso sólo personas de criterio formado.