Sostiene el místico o guru
Eckhart Tolle
(me lleva a él la voz de NL)
que dentro de cada uno de nosotros
hay por ahí un volcán medio apagado.
Es la nube negra
la ballena
lo que llama él el cuerpo del dolor:
el caldo concentrado
de nuestros sufrimientos ya vividos
Cuando nos llegaron
los enfrentamos con el corazón frío
(una reacción de los niños al terror,
hacer como si no pasara nada)
y por eso no se diluyen jamás,
no cursan, quedan atascados.
Además, las escamas
de esa bestia interior o anterior
están preñadas del malestar ambiente
de los dolores de la tribu,
del desagrado de ser que carga cada época.
Su sangre violeta
chorrea desde las formas
y destellos
sobrantes, residuales,
que, aunque creamos que son del pasado,
siguen con nosotros, dentro nuestro.
Como maleza inesperada
se manifiesta de pronto aquel resentimiento
brotando por la boca o las axilas
más allá de nuestra voluntad
al margen del programa
y de la capacidad de equilibrarnos:
es cuando caemos al suelo sin luz en la mirada
o dejamos ver la sonrisa triste
el párpado a medias
mostramos dudas al andar
y el aura corporal se queda sin voltaje.
Se siente uno miserable,
sin ropa,
expulsado del país de los felices
O si no la rabia nos atrapa, y en el cuello
o en el vientre se revuelcan
los desórdenes del cuerpo
(el dolor es más que el alma, es energía, es materia).
Cesan las continuidades
no hay paisaje a la vista
apenas fragmentos, trozos muertos,
hemos dejado de ser dueños de lo nuestro
no somos ya lo que somos, volvemos a ser
esa desgracia
aunque con retardo, vencida ya la fecha de caducidad.
Y a mí, pobre de mí, que cada día al despertar
por densos que hayan sido mis sueños
me maravilla la luz dorada del jardín,
el temblor de las hojas, la tibieza de la grava,
la grata sensación de la piel cuando se inicia
el cuerpo moreno y tibio a mi lado
latiéndome la sangre, erguidas las tetillas,
el entusiasmo de ser, esas ganas mañaneras
los primeros sonidos, pasos tenues,
el saludo del mundo desde la pantalla
los mails, el rumor universal del mundo vivo
que jamás se está quieto
porque quiere y no quiere ser igual a sí mismo,
o el goce de la ducha, el latigazo limpio del agua,
sus temperaturas en mi piel
unas pocas flexiones musculares, poquito,
mis ganas de cantar (no soy muy bueno)
y después, atravesando las horas,
la simple felicidad de estar moviéndome
a través de esta ciudad que no me gusta
y que sin embargo siento mía,
en un borde perdido del planeta,
la belleza incomparable del oficio artístico
la llama de la creación, siempre distinta,
el goce de dar a luz lo nuevo
o de percibir el genio en otros,
la curiosidad, la paz compartida, los idiomas,
las pequeñas guerras, las tenacidades, los silencios,
(y es que amo todo, soy todista,
me gusta tanto esta vida)
la música, la frase feliz, los afanes de unos y otros,
los encuentros, las miradas de amor o de distancia,
los secretos, las reservas, las entregas,
la pupila brillante de los seres cercanos,
el juego de posiciones afectivas en el mapa,
pero a mí, que me mueve la energía,
me ata siempre algún hilo con lo oscuro
El dolor de ayer respira suave,
esperando su turno
Voraz, se alimenta sólo de más dolores,
multiplicándolos en sus espejos negros
y tal como ha resonado en medio de los sueños
de pronto impone su cansancio
sobre el alma y sobre el cuerpo (que son uno),
mi bicicleta pierde el equilibrio
soy un looser cegado por la duda
como cuando el avión cruza las nubes
capturado por el gris de una tormenta
y ya no hay ni cielo ni tierra, sólo sombra
Advierte Eckhart Tolle
(su voz es la de un iniciado)
que es preciso reconocer al cuerpo del dolor
dentro nuestro
al percibirlo,
al tocarlo con la yema de los dedos,
empezamos a desconocerlo
adivinamos su destiempo, su desorden,
sentimos que no nos pertenece
y empezamos a decirle adiós
lo dejamos ir
de ese modo se disuelve
¿Para qué llevar encima tanto peso?
Creo que conozco bien a esa cosa
adivino su forma: es una gota
pequeña, opaca, pegajosa,
que a veces se crece y me traspasa
contiene en archivo comprimido
mi peor vida anterior, la llegada al mundo
los llantos primeros, la espera,
el abandono, los cortes en la carne,
la somnolencia adolescente
los deseos imprevistos, imposibles,
las luciérnagas traumáticas
las miradas sin afecto
todo quedó por ahí, groseramente empaquetado
Cada vez que desde mi incandescencia
irrumpe esa negrura
me arden otra vez las cicatrices
retrocedo en la escala del ser
y atrapados los pies en un enredo de cables
no logro ya ser quien soy
que finalmente de eso se trata en este mundo
no en ser nada extraordinario
o perfecto, o mejor, o destacado, o bello, o fuerte,
sino en ser cada quien aquello que le es dado
en dejarse ir, dejarse amar, dejarse estar,
estar dispuesto, beber, caer borracho,
transformarse
no según nos tienen anunciado
ni conforme un plan previamente establecido
sino definiéndose el deseo
a medida que lo vamos cumpliendo,
la escala pequeña nos revela qué es lo bueno.
Ser cada cual quien es es un acto de coraje.
La imitación vacía de patrones es la muerte.
La bestia anterior es de otro tiempo
pero quiere bailar a veces con nosotros
el cuerpo del dolor la llama Tolle,
la culpa o el pecado le dicen los cristianos,
(o el demonio poseyendo el cuerpo,
lo que implicaba quemar vivo al poseído
especialmente si era hembra),
a la depresión se refieren los psiquiatras
a las alteraciones psicosomáticas,
melancolía decían en el Renacimiento,
tristeza sentencian otros, fuego interior, mala onda,
complejo, trauma, lo que sea.
Y como cada cual tiene su bestia
(por muy arrinconada que la tenga, en una caja)
nos buscamos también entre nosotros
para dar curso negro a lo que nos niega.
Los modos de nombrar son las palabras
pero hablar, en verdad, es poca cosa
las palabras son cortes conceptuales
y el ser es un transcurso como un río
Vivimos en un río, bajamos por su curso,
y me conviene
dejar atrás las sombras del pasado
no negándolo
(es otra cosa, un poco misteriosa,
algo que se juega en el silencio),
escuchar el rumor de los detalles
aprender de los demás
abrir mi corazón a quien lo quiera (y a quien pueda),
hacer pocos planes, o sólo uno:
dejarme ser quien soy y ser yo mismo
junto a quienes me gustan,
abrazado con el mundo
que cambia, como yo, a cada instante

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