Cuando JP me visita en el estudio

la sombra se ha tragado ya

media calle

entramos en pantalla skype, habla él con J

que desde Amsterdam nos toca algo al piano

con aquella facilidad que le dio la naturaleza

y luego, tras unas bromas

nos despedimos de J

Apago la pantalla, cierro el bicho de aluminio

JP deambula por entre los cuadros

contempla sonriente el desorden, la escalera plegable,

las esculturas, las acuarelas, sin decir nada,

vamos a un concierto

de música experimental o alemana, algo que aún no se me aclara

Su invitación

corresponde a mis disculpas telefónicas

por una conversación de la semana anterior en el puerto

de tal manera que después de sonreirnos,

de movernos un poco como asteroides

abordamos la turbulencia

según él proviene de mi infancia o de mi oficio

y me impulsa una y otra vez ciegamente

a opinar

en momentos inapropiados,

sentenciando aquí y allá

y los contextos de amistad, agrega, no piden tanto opiniones

como saber escuchar

(ante un argumento así debo esmerarme

por permanecer callado, atentas las pupilas)

Con facilidad me muestra

que en el small talk poco ayudan las opiniones

Sin duda que sé más de emitir juicio

que de acoger lo que los otros me dicen

al tiempo que busco todo el tiempo, desesperado,

la proximidad imposible

Medito un poco en ello, silencioso

un poco abochornado

mientras ya en la calle

buscamos su auto por el parking

Me gusta esta vez que me saquen a pasear

El auto de JP es cómodo y amplio

y al bajar por la Alameda nocturna

salpicada de luces

recuerdo mi infancia, la calle Amunátegui,

las idas y los regresos del colegio

el tiempo amontonado  en décadas

La opinión, en verdad, pienso vagamente

introduce distinciones a golpe de tijera,

inutiliza las corrientes naturales

Llegamos al sitio del concierto

se amontona en la penumbra de un patio la gente, joven y alegre

Vemos cabelleras  creativas, ropa informal y un modo de llevar los cuerpos

tan distendido

hay una cola larga en el patio, me siento ok con esa atmósfera

El grupo se llama Tárabust ensemble.

Ya en el teatro, repleto y ardiente,

nos sentamos en unas butacas cercanas al escenario

En silencio y en la oscuridad

mientras la iluminación aumenta suavemente

van haciendo su ingreso los músicos

los vientos se instalan a la izquierda, hacia la derecha las cuerdas

y detrás, al centro, los percusionistas

en medio quedan dos figuras sentadas ante una mesa, parecen ser DJs

todos visten de negro

con algún toque informal aquí y allá

un gorrito rojo, una camiseta con un indio americano

geometrizado, alguno sonríe o hace gestos casuales

arriba, lámparas esféricas de color rojo

resplandores que hacen brillar las maderas y el metal

delante, al centro, distingo a una acordeonista, inmóvil, alemana según promete el programa

Un compadre de negro con un gorro a cuadros da unos pasos situándose en medio

y asume la dirección con unos gestos gimnásticos, lentos y precisos,

de extraña belleza

Lo que emiten entonces los instrumentos no es música

tal como la escuchamos habitualmente

sino más bien sonido puro

gemidos, susurros, roces, golpes, notas mezcladas

la materia noble de un cello, de  un oboe, los violines

Pareciera que huyen conscientemente de la melodía

El ánimo se me distiende, pienso en todo y en nada,

el tiempo se ha detenido o muestra su infinitud demoledora

que al final es más o menos lo mismo

estoy en el dentista, en un tren, mirando el fuego

Tras los aplausos se desliza con timidez a su sitio el músico que ha hecho de director, y aparece otro

El ambiente es jovial, curiosamente: todo parece muy cercano,

estos artistas no nos están tratando de tontos, más bien nos llega afecto

Luego vemos en el centro del escenario a un tercer personaje

con falda negra y zapatillas que bajo los focos adquieren un tinte rojo fuego

es calvo, con rizos en la nuca, tiene barbita y bigote y dos ojos como flechas

se mueve con gestos muy marcados, danzando casi,

aprendiz del hechicero, hechicero mismo,

y dirigiéndose a la audiencia por mitades, derecha e izquierda, nos invita a frotar las manos

rítmicamente, luego señala a las cuerdas, a la percusión muy suavecito,

estamos todos aplaudiendo, subiendo y bajando el volumen o el ritmo

observo sus movimientos (quisiera ser su amigo)

se encuclilla, salta, el ambiente se ha vuelto familiar

aullando bajito, silbando el viento en nuestros labios

como en un juego

y la orquesta produce un sonido muy profundo

que toca el interior del organismo

JP a mi lado y toda aquella gente en la oscuridad

Aplausos, y es el turno de la acordeonista alemana, es la solista del grupo, la invitada,

que sorprendentemente conduce una pieza muy alegre, bailable casi

sus zapatillas blancas se elevan a saltitos

Derrumbado en mi butaca entro en mi corazón, en el tiempo, en las personas

Finalmente hay un bis, ejecutado por dos directores

al mismo tiempo, en un efecto sorprendente.

La gente abandona el teatro entre sonrisas y gestos espontáneos, lentamente

Tras saludar un poco a unas personas conocidas

vamos a comer (según propuesta de JP)

a una marisquería del barrio,

en una calle con neones de restaurantes del mismo tipo, todos marinos,

nos atiende una mujer de ojos pequeños y tez blanca

sonriendo desconfiada

a ella la modernidad global no la ha alcanzado,

ese delantal de siempre, las manitos levemente mojadas, fina la nariz

vamos a pedir locos con mayonesa y una copa de vino,

blanco para mí, tinto para JP

hablamos de cosas diversas propias de nuestra edad y condición

una miscelánea con alguna llamada de celular intercalada

comentarios sobre la vida de los otros

Observo las pinturas del local, de pincelada ciega,

aquel esfuerzo por representar ambientes típicos me conmueve

Tras un breve forcejeo dialéctico y amable me dejo invitar

luego me deja JP en el estudio

recojo mis cosas, subo al jeep

y pasada la medianoche,

llego finalmente a casa.