
¿Hay que convencer a los demás? Caí de vuelta en este país desventurado el verano de 1988, tras catorce años vividos en las galaxias extraterrestres, y al volver todo me parecía desajustado, fuera de lugar. La mitad de los colegios llevaban nombre inglés y la otra mitad el de alguna figura celestial. Me ardía la sangre y necesitaba ser un predicador. Si no lo hacía se me caían las cejas. Hoy paseo por la feria en busca de berenjenas, o sigo con unas sonatas de Mozart que ponía mi papá y ya uso poco mi capa de convencedor. Tengo aún un poco de sueño… duermo cada noche con demasiados vientos en la cabeza…. me voy a ver el mar. Love.

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