Ferocitas es un viaje de muchos años a través de los canales que comunican al alma con el cuerpo y viceversa, entendiendo por alma el anima de los latinos y por cuerpo el soma de los griegos, si es que no me equivoco, que en la lectura de los clásicos cada cual encuentra lo que quiere encontrar, o lo que puede. Cicerón se refiere a la ferocitas como una condición de los jóvenes, opuesta a la pueritas de los niños o a la gravitas de los ancianos. Yo he necesitado deambular por todos los cuerpos que ha tenido mi alma o por todas las almas que ha tenido mi cuerpo, adoptando las formas pasadas y aventurando las que vendrán, las que no llegaron, también la disolución. No soy un pintor de verdad como lo han sido Nelson Leiva o Adolfo Couve o Pablo Burchard, a quienes abrazo, sino apenas un evocador de imágenes. Estas acuarelas las he hecho habitualmente de rodillas, sangrando, o elevado por los aires y llena de aire blando la cabeza, nunca de modo sensato, y al caer a tierra muchas veces pierdo la conciencia, no me acuerdo de nada. Cada pintura va con su marco, cada marco con su acuarela, marcos estos extraídos del subsuelo urbano, de las periferias. Cualquier cuadro de estos es muchos cuadros, en todos ellos se sobreponen historias o mitos o apariciones poco definidas de la siesta o de alguna esquina del día. Igual me abochornan, los observo a veces como asunto familiar y a veces como una sustancia extraña, pero finalmente necesito de los demás, quién no, así es que aquí está lo hecho, para quienes quieran mirarlo. JGT, septiembre 2009.