
Anoche, junto a su familia (Sonita, Pablo, Rodrigo) y a los que fuimos sus amigos, evocación del Mono Olivárez a diez años de su muerte. El evento se llevó a cabo en un local cultural del Banco del Estado, en la Alameda, primero hablamos, luego el Roro nos brindó unas piezas musicales. Podría haber estado el propio Mono entre los asistentes… Sufrí cuando no lo tuve ya más al teléfono o conversando infinitamente un almuerzo. Amo a los espíritus libres, me derrito ante una cabeza emocional con energía propia. El Mono dedicó su vida a construir su propio personaje, a la conversación ilustrada, a los suyos, a la lectura, a la literatura. Él cultivaba la leyenda, no la historia. Como dijo Federico Schopf, el Mono aparecía y desaparecía, jamás se empoderaba, lo suyo era la periferia casual, y debajo de esa aparente ligereza, de esa especie de abandono, había un sacerdote manejando unos códigos estrictos, irrenunciables. Me aceptó en su mundo como casualmente, sin estrategias, y de él me fue llegando el espíritu del sur, la risa local, la finura perceptiva, la capacidad de escuchar y de decir, el manejo del tiempo. El Mono inauguraba a su paso un nuevo ecosistema regido por leyes orgánicas. Era atento a lo que yo hacía, observaba mis dibujos perturbados, leía mis textos cuando empecé a escribir más en serio, vino alguna vez a mis cumpleaños. Pero sobre todo compartíamos el menú de los empleados del diario La Epoca, y a menudo me conseguía un ticket de colación. Su grupillo almorzaba en un local al cual le llamaba él jocosamente “El Pabellón de Chile”, o en otro situado en una galería comercial de la calle San Diego, entre imprentas pequeñas, al que denominaba “El Chechenia”. El Mono era para mí la risa tocada de ternura y salpicada de pasiones. Siempre nos llevamos bien, conversábamos una o dos veces al mes, y su confesionario lo admitía todo, mezclaba lo escuchado y lo devolvía en forma de cock-tails asombrosos, donde se alternaban el relato llovido de sus tierras con los pistoletazos comprimidos de sus dichos. No era producido el Mono sino espontáneo. Nunca tenía problemas. Yo siempre estoy bien, afirmaba riéndose. El que me quejaba era yo, arrastrando mi alma por entre los matorrales de cemento de esta ciudad. El Mono dominaba los dialectos de mi padre, también de familia sureña. Era un antiescritor, como Nicanor ha sido un antipoeta y como yo he sido, a mi modo, un antiartista. Hasta la victoria siempre.

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